miércoles, 18 de noviembre de 2009

Una noche en el Winners... y no es un hotel... es una arena.



Yo conocía la lucha libre sólo por televisión, cuando las pasaban en el canal 6.
Me gustaba tanto que agüantaba la carrilla de mis hermanas que se burlaban de mí porque me declaraba fan de la Parka y Octagón. Básicamente me inclinaba por los técnicos.
Nunca pude ir a un espectáculo en vivo. Ya cuando crecí me hice un poquito más 'nena'.
Pero hace un par de semanas reviví un poco esos viejos momentos.
Fui a la lucha AMATEUR en la arena Winners, un gimnasio en la colonia San Nicolás donde cada sábado hay enfrentamientos, algunos muy malos, otros regulares.


Pero ese día estarían Alebrije y Cuije, un par de luchadores con traje extraño color rosita que forman parte de la AAA.
Era la pelea estelar, se enfrentarían con Monster y Chuky, otro par del bando rudo que iba a ponerle el sabor al momento.
Fue una buena noche. Me divertí mucho.
No sólo porque Chuky y Cuije son un par de enanitos que le dan un plus al espectáculo.
Ahí descubrí cómo los luchadores se ponen de acuerdo si se acaba el round o contraatacan, mientras la gente les grita un "Chinga tu madre" y ellos se aplican la hurracarrana.
También supe que sin el público la lucha se reduciría a nada.
En varias ocasiones la risa me ganó y se me fue la foto del Cuije volando.




"Acércate, sin miedo", me dijo el Alebrije recargado en las cuerdas mientras yo trataba de tomar una foto y el Chuky casi me aplasta con su cabeza.
Me daban risa unas chavas que estaban en la fila de adelante, frente al ring y se apalabraban con otros luchadores de menor categoría.
Un vendedor de posters se les quedó viendo asustado y cuando se dio cuenta que todo era un juego se volteó y siguió con su "A diez, a diez".
Terminó el show y ganaron los técnicos. Ya abajo el Cuije y el Chuky se agarraron otra vez desatando el llanto de un niño de 3 años que intentaba acercarse al Cuije para tomarse una foto.


Ese sábado por la noche salí de la arena de la mano de mi novio comentando lo que había pasado. Me di cuenta que había valido la pena trabajar hasta tarde.
"Te metiste al vestidor?", me preguntó dos días después Carolina, -mi compañera y "experta" en el tema- mientras desataba una carcajada cuando le platiqué que había entrado al lugar donde hay máscaras regadas por todos lados y un olor que describirlo serìa abusar del recurso narrativo.



















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